domingo, 29 de diciembre de 2013

-- Soy Sombra.

¡Quiero ser Sombra...!
 Si existe la Reencarnación y puedo elegir, déjame, Dios, ser Sombra.
 Un poco de blanco, un poco de negro y algo de gris.
Sin color: que lo que quiero yo es ser Sombra.
 La Sombra de quien seré, de quien soy o de quien fuí.
Yo quiero ser Sombra.
 La carne tiene fin, polvo acaba siendo la carne bajo tierra...
 Pero a una Sombra, y cualquiera lo sabe, ¡a una Sombra no se entierra!
 Anda y déjame elegir.
 Que si me dejas quiero ser Sombra.
¡Sombra en una pared, Sombra en la hierba!
 O Sombra que se escurre sobre unas soleadas balsodas...
  La Sombra no se va de aquí. Las Sombras son Eternas.
Las Sombras que en mi vida he dejado, son la más gruesa raíz que ha echado mi persona.
¡Déjame ser Sombra! Toda mi vida han sido Sombras.
El camino que recorro y el camino que recorrí.
El camino donde hoy ando, el camino conque aún me honras...
Si puedo elegir, déjame ser Sombra.
Para que quien quiera saber de mí, no tenga que remover la tierra:
me encuentre sobre la hierba, fijado a una pared...
¡o clavado en unas soleadas baldosas!
 Déjame, por favor, ¡yo quiero ser sombra!

jueves, 19 de diciembre de 2013

-- Los Reyes Magos, existen.

La vida empieza con engaños y acaba en desengaños... Eso dicen y me niego a creerlo.

Ya hoy sé con certeza que sabes quiénes son los Reyes Magos. Aunque no digas nada, aunque finjas no oír o mirar hacia otro lado cuando los anuncios de la tele proclaman a los cuatro vientos (¡qué poco tacto!) lo baratos que valen los juguetes aquí y las facilidades para pagarlos allá.

Es curioso y yo también lo viví. Curioso que seas tú ahora quien pretenda engañarme aparentando que no lo sabes, como si te diera cierta lástima partirme la ilusión de pensar que creo que sigues creyendo en ellos, en los Reyes Magos de Oriente.

Curioso es, que cada año de puntillas y sin respirar penetrara en tu dormitorio a las tantas de la noche para llenar de caramelos tus zapatos. Ssss.... Y ese "ssss..." es ahora el mismo silencio que tú guardas, lo sé, cuando te haces la dormida y me dejas hacer; como no queriendo darme la mala noticia de que sabes que los Reyes somos mamá y yo.

Ahora, te toca fingir a ti, mi vida, mi cielo, mi niña guapa que se hace mayor.

No dejes de creer en Ellos, María Jesús. No dejes de creer en Melchor, Gaspar y Baltasar. Porque no hay nada de falso en ellos. No hay engaño. No hay truco: existen como existen las Ilusiones. Existen como existieron para mí y antes de mí para mis padres y antes de mis padres para mis abuelos. Existen, mi reina.

No digo que sean ellos quienes llenan tu dormitorio de caramelos y el salón de casa de globos y juguetes.

Pero sí puedo asegurarte que son ellos los que guían las manos de tus padres a hacerlo cada año. Y las seguirán guiando año tras año y año tras año, hasta que te convenzas de que verdaderamente existen. De que no te fallan. De que son puntuales, tanto o más que el paso del tiempo y el ir cumpliendo años.

Las Ilusiones se hacen realidad, María Jesús. Tú misma, hace casi trece años, eras una Ilusión en la mente o en los sueños de tus padres: y aquí estás, hecha ya una mozuela a la que no puedo querer más de lo que quiero.

No sé qué mano te trajo, no sé qué dedos dejaron hace casi trece años mis zapatillas repletas con un sólo caramelo: Tú.

Pero sí sé que mi Ilusión se hizo Realidad y que esa Realidad eres hoy Tú.

Cree siempre en tus Reyes Magos, mi vida, sin importarte demasiado quiénes son. Están ahí y ahí siempre los tendrás. La Realidad tiene nombres y apellidos: la Ilusión se basta sola.

Y si este año me oyes tropezar con la puerta cuando vaya a llenar tus zapatos de caramelos, sssssssssssssssssss.... cierra los ojos y piensa que mi larga barba se ha enredado en mis babuchas orientales.

No soy tu padre: soy el instrumento de tus Reyes Magos.

Te quiero.


martes, 15 de octubre de 2013

-- Para mi socio


A ver, socio cabezota, qué quieres o qué crees que puedo decirte yo. 



Me lo comunicó el otro socio, el poli, que ya sabes tú que en el Turno de Noche teníamos entonces de todo. Que vas y te mueres, eso me dijo el 9 de agosto pasado. Con 35 tacos. Siempre has sido, socio, exagerado para todo. Siempre has sido demasiado retador, demasiado ansioso, demasiado fuerte, demasiado confiado... Y solamente a ti, claro, se le ocurriría echarse un pulso con la muerte.
Tu problema es que has sido, o fuiste, demasiado grande en todo. En tamaño, en fuerza, en ilusiones, en ganas y hambre de vida, en corazón...
No sabes lo que me jode escribirte ahora. No sabes lo que me ha costado no hacerlo antes. Pero no podía. No podía. Sencillamente no podía, Juanma.
No imaginas, macho, desde el mes de agosto, lo que me he acordado de ti. La de veces que apareces en mis sueños, en mis pensamientos o en mis recuerdos. Y para colmo (no te rías, que te imagino partirte de risa) la única fotografía que tenía de ti y que casi a diario miraba era la de ese famoso almanaque medio desnudos que hicimos...
Hay que joderse. Pero es cierto. Llevo desde agosto pillando el almanaque, pasando sus hojas hasta llegar a tu fotografía y deteniéndome en ella. Para recordar aquélla noche. Para partirme de risa. Para evocar cada instante, macho, viejo socio, y terminar al final con lágrimas en los ojos que no son ya, por desgracia, lágrimas de risa como las que aquélla noche compartimos...
Qué duro, socio, qué duro. Tú me entiendes y sabes que te lo digo con cariño: qué cabrón eres.
Nadie se va así porque sí, socio. Y menos la gente como tú.
-- ¡Juanma! Mañana es sábado, hay curro y vamos a entrar a las cinco de la mañana.
-- Lo que digas, socio.
Y cuando yo llegaba a las cinco de la mañana, ya llevabas tú media hora en la puerta de la nave, metido en el coche, con la radio a toda voz envolviendo a medio polígono en esos sones sudamericanos que tanto te gustaban.
-- ¡Juanma! Mañana entramos a las cinco de la mañana.
-- Tú mismo, socio. Aquí estaré.
Y llegaba a la nave y abría sus puertas y allí veía yo a todo el mundo menos a ti.
-- ¿Y el Juanma? ¿No ha llegado?
-- ¿El Juanma? -me decía cualquiera, el Kiko, el Mono o el poli.- El Juanma ha entrado hace media hora por la cocina y está cargando el camión él solo.
Y ahí que estabas, sí... Cabrón, cabrón, cabrón... ¡metiendo mesas de 1´60 de diámetro en el camión, con los brazos abiertos en aspas, alzándolas del suelo y lanzándolas rodando al fondo del mismo, como si metieras galletas en una caja...!
Qué grande eras, coño, qué loco y qué lanzado.
Un día le dije al Gran Jefe que me sentía sólo, que tenía mucha gente en mi almacén pero ninguna en quien pudiera confiar: yo era, entonces, Jefe de Día, Jefe, de Tarde, Jefe de Noche y Jefe de Madrugada.
-- Dime qué te hace falta -respondió el Jefe.
-- Quiero a Juanma.
Y te llamó. Pero tú entonces trabajabas no sé si en unas canteras o repartiendo chacina con otra empresa, no lo recuerdo.
Y no pedí a nadie más.
No encontraría a nadie como tú y lo sabía: ni por tu fortaleza, ni por tu complicidad en el trabajo ni por la responsabilidad que sabía de sobras podía delegar en ti.
Recuerdos, macho, recuerdos a cientos es lo que me dejas.
Uno de esos Mayos en que se juntaban 5 bodas y 12 comuniones en dos días (¡qué tiempos!), llegamos a batir (no solamente tú y yo, sino casi la totalidad de nuestro Gran Turno de Noche) el récord de horas al que nadie llegó, al que nadie llegaría y al que nadie va a llegar.
¿Lo recuerdas, socio...? Entramos a trabajar un viernes por la noche y terminamos, sin interrupción, el domingo a eso de las dos de la tarde: unas treinta y tantas horas cubriendo mañanas, tardes y noches.
Nos llamaban de acá y de allá, de un salón y de otro: subsanar olvidos, recoger, fregar, cargar, preparar, llevar, traer, volver a cargar, volver a descargar, fregar, cargar de nuevo, llevar, asistir, aparecer en un salón, desaparecer en otro, volver a la nave, descargar, fregar, cargar, conducir, reponer, cargar, descargar, fregar... ¡Treinta y tantas horas, socio...! Treinta y tantas horas así...
Recuerdo la mañana en que a eso de la una o las dos de la tarde del domingo (desde el viernes por la noche) acabábamos nuestra faena en el salón Mendietta. Tú venías conmigo, socio. Descargamos en el office y la cocina el último material necesario para la última boda. Deseábamos volver a casa de una vez... Treinta y tantas horas...
Estabas en el camión, de copiloto y adormilado mientras yo le decía al Gran Jefe que "misión cumplida". Que adiós. Que ya nos tocaba descansar.
-- ¿Adiós? - graznó el jefe, bien peinado, bien arreglado, bienoliente, recién despierto o recién desayunado o recién almorzado-. ¿Adiós? ¡Y dejáis estas cajas de platos aquí, sin ordenar, donde os sale de los huevos y...!
Me volví al camión, socio, a tu lado. Y cerré los seguros de las puertas... Porque las palabras del Gran Jefe te despabilaron el sueño y si no cierro las puertas del camión sé que te lo hubieras comido en ese instante.
Así eras, Juanma. Así has sido. Un currante nato al que nada ni nadie asustaba. Un tipo que sabía cuál era y defendía su sitio.
Cuando la Junta de Andalucía celebraba sus cenas de Empresa para más de 1000 personas en el Pabellón de la Navegación de La Isla de la Cartuja, había que andar con mil ojos a eso de las seis de la mañana, a la hora de decir al personal: ¡se acabó la fiesta y no se sirven más copas!
¿Recuerdas? Mientras íbamos y volvíamos del salón recogiendo material para llevarlo a las furgonetas, algún grupito de achispados funcionarios con ganas de más fiesta nos metían las manos en el camión para llevarse las botellas de alcohol que íbamos ya recogiendo de la barra libre.
Su mala suerte fué que tú los pillaste. Eran más de treinta, borrachos y envalentonados... Les quitaste las botellas de uno en uno, con una tranquilidad pasmosa.
-- Voy a seguir cargando el camión -les dijiste a todos-. Lo dejo como está, con las puertas abiertas. Si vuelvo y me falta una sola botella, os jodo a hostias. Vosotros mismos.
No faltó, socio, una sola botella.
Tenías dotes de orador, jajaja. Y aunque quizás poca gente lo percibía, yo sé de sobras que ese nuestro Turno de Noche, del primero al último de los que en el almanaque aparecemos, miraba y luchaba y defendía a La Empresa: del más humilde al más gallo, del más débil al más fuerte, del más desengañado al más ilusionado.
Una mañana te volviste a casa. Tenías la mano en el pecho y jadeabas:
-- Es ansiedad, socio -me dijiste-. Me pasa a veces.
Un año y pico después, tuve yo mi primera crisis y me acordé de ti.
Te dejo, socio. Quería decirte solamente adiós o hasta pronto... Pero ya ves, se me ha inundado la mente de recuerdos y sin poderlo evitar los he dejado derramar en estas líneas.
También hubo algún domingo en que terminábamos de currar a eso de las diez de la mañana, después de toda una noche de sábado machacándonos... y nos íbamos al Parque Amate, comprábamos dos litronas y nos las bebiamos tumbados en el césped, agotados pero felices, los ojos cerrados y un cigarro entre los dedos, paladeando lo bella que es la vida después de una paliza de darle al tajo, la cara hacia el cielo y las botas llenas de sudor y fango arrojadas lejos...
¿Qué más decirte, Juanma?
Ha sido un placer conocerte, tratarte, a ti y a parte de tu familia; un placer haberte tenido de compañero, un placer haberme sabido tu amigo...
Y un nudo en la garganta (lo siento, no soy tan duro como tú pretendías ser) recordar ese palmetazo en la espalda y esa voz bronca diciéndome, a las tantas de la madrugada:
-- ¡Socioooooooooooo....! ¿Por dónde empezamos?
Y mirarte como te miro ahora en sueños o en cada recuerdo: intuyendo que yo era el vehículo, pero sabiendo que el motor eras tú.
Un abrazo, mi socio. Imposible olvidarme de ti.
Imposible.

jueves, 3 de octubre de 2013

-- Atrapa un millón.

Conque como mi menda anda con las tardes libres, coge y se traga el ATRAPA UN MILLÓN.

El Millón no hay quien lo atrape ya, pero el cabreo sano te lo llevas.

Un profesor de Bachillerato, no elige el tema de Historia... "porque si fallo, se reirán de mí mis alumnos".

Un estudiante de Derecho Y Ciencias Políticas, elige el tema de "FÜTBOL", porque según dice: "de eso entiendo más..."

Una señora muy digna que, ya jubilada, lleva más de media vida dando clases en colegios... no elige literatura, porque es que "la moda se me da mejor".

Y lo dejo ahí. Porque por esa regla de tres, cualquier día aparece Rafa Nadal y en vez de "Tenis", opta por elegir "Clásicos Rusos"... Ya sabéis, por no quedar mal.

El programa me encanta. Pero es por morbo. Puro morbo. Por ver cómo la gente no tiene la mínima confianza en lo que sabe ... y mañana, eso sí: aparecen por las aulas, por el congreso o por el gimnasio pretendiendo ser maestros de tal o cual menester.

Maestros de mierda. Porque les falta lo principal: si no confías en tus conocimientos, no vales para enseñar nada a mi hijo ni al hijo de nadie.

So tonto.

¿Un millón?

Dos hostias, por presumir de títulos y acojonarte para defenderlos.

martes, 24 de septiembre de 2013

-- Viejos tiempos, amigo Raimundo.

Mi viejo amigo Raimundo entró en mi vida a los dieciésis o dicesiete años, creo recordar. Yo era entonces un chaval acnésico y empajillado, que leía mucho y soñaba que un día sería un gran escritor.

Yo era golfo por naturaleza, por descontado. Pero por contra era tímido, tímido, tímido. De hecho, no compartía ni mis golferías con nadie.

Raimundo entró en mi clase (Formación Profesional) por deformación del destino. En dos meses, me cambió. Nadie cambia a nadie en tan poco tiempo y Raimundo me dió la vuelta de los tobillos a la cabeza.

Entre otras perlas, me dió a leer a Nietzche, a Hermann Hesse, a Erich Fromm. Y entre perla y perla, me enganchó con los ducados, me enseñó a mirar de frente a una mujer o a golpear en la frente a un gachó.

Raimundo era belga. Hablaba francés. Guardaba sus hechuras en un largo abrigo como de marinero descolocado. Lucía barba tirando a pelirroja y ojillos claros e irónicos que acojonaban a compañeros o profesores. Ojillos sonrientes. Ojillos rientes. Ojillos que no te daban opción a elegir: o te recitaba un poema o te partía la cara y medio espinazo. Y tenías que joderte.

Mas mañana, tan amigos como siempre.

Hoy que me lo encuentro por facebook, me alegra un hartón saludarlo. Quisiera tomarme dos copas con él y recordar tantos disparos, al aire o al centro de la diana...

Pero Raimundo está en Haití.

Y como no coincidimos como antes (siempre fuera de clases y paseando por mi Sevilla), aprovecho esta ocasión para recordarlo y recordarle los buenos ratos que juntos pasamos.

Que te sigo recordando, viejo belga... Y que no cayeron en saco roto tus enseñanzas.

Raimundo. Mi amigo Raimundo: y todavía, con Marsella a la vista, ¿o no?

Ha sido un placer volver a encontrarte. Te lo dice un Jesús que te conocía... que es hoy un Jesús a quien ya no podrías reconocer tú.

Un abrazo, machote.

Mon petit, cher grand ami... ¿se decía así?

jueves, 19 de septiembre de 2013

-- Tonto me siento.

Quizás lo que estamos es acojonados. Me explico, me explico.

Noto a mi alrededor a la gente ciertamente colgada... Atontada, agilipollada, enajenada, insegura en fin. Noto a la gente rebuscando recetas de la abuela. Noto a la gente pretendiendo salvar al planeta a base de reciclar (como si la naturaleza fuera tonta, oye...) Noto a la gente más preocupada de Marte que de su puta casa. Noto a la gente buscando líderes donde no hay sino embaucabobos: léase lo que quiera leerse y que se sienta señalado quien señalado se sienta.

Yo noto a la gente tonta. Yo noto a la gente en un pleno revivir la Edad Media o la Edad Jurásica: falta de dioses, falta de líderes, falta de todo. Yo noto a la gente ciertamente colgada.

No se bebe. No se fuma. No se corre por las calles. No se juega en la playa. No se folla.

Nadie sabe exactamente por qué... Por eso noto a la gente ciertamente agilipollada. Atontada. Acojonada. Asustada.

Si el ser humano tuviera (¡jajá!) la capacidad de cargarse el mundo, sería precisamente ahora. Pero no por listo, sino por gilipollas. Noto a la gente idiotizada.

Y facebook es el baremo donde lo mido. Tantos mensajes para compartir. Tanta frase bonita de escritores bonitos a quien nunca se ha leído. Tantos cursos, tantas conferencias, tanta charla de quien ni siquiera sabe unir dos vocales con un poquito de tino.

Yo noto a la gente tonta. Hablar por hablar (que casi siempre es copiar), responder por responder, colgar frases que ni siquiera se sabe de quién vienen, dar al me gusta, querer guiar, querer aconsejar, comenta, comparte...

Yo noto a la gente tonta.

Dinosaurios conectados desde que se levantan, antes incluso de desayunar, ducharse y hacerse dos buenas macocas... Talmente como si les dieras un trozo de tiza y les hicieras pintar bisontes en una pared (o en un muro).

Noto a la gente tonta...

Me siento tonto... entre tanto dinosaurio. Y por respeto, por reciclar y por tanta mamandurria, la primera piedra me pensaré a quién tirarla.

Si no me la tiro a mí.

jueves, 12 de septiembre de 2013

-- Beethoven y yo.

Cuentan las anécdotas -no sé ni me importa que sea cierto o no-, que Beethoven tocaba el piano dando la espalda al público...

 Nada del otro mundo, si no fuera porque Beethoven era tenaz además de sordo. Quiero decir, que tanto la sordera como la tenacidad le llevaron a veces a girarse cara al respetable y observar con estupor -quizás con encanto- que el público hacía horas que se había marchado a su casa... mientras él tocaba y tocaba, aporreaba su teclado ajeno a todo.

A veces debiéramos hacer lo mismo.

 Por desgracia -para quien me trata con cierta asiduidad- yo suelo hacerlo. Cuando algo me apasiona o me emociona, siento -sinónimo de percepción pero no de sentimiento- que estoy dando la espalda a mucha gente. No puedo evitarlo. Me basta una canción, una musiquilla, un relato, un libro, una mirada, un recuerdo, un buen culo, un beso o una gota de agua en las gafas para enajenarme y soltarme de la mano, como un crío travieso o soñador, e irme lejos y perderme.

No es grato... Al menos, para quienes te rodean o quien te acompaña. Pero es inevitable. No necesito un móvil para mirarte a los ojos, escucharte, rozarte y -sin embargo- no estar a tu lado.

Y no tengo la excusa de ser ni sordo ni tenaz. Solamente soñador.

jueves, 29 de agosto de 2013

-- Gitano Manué.

Se marcha, poquito a poco, con andares cofradieros, mi amigo Manué. Mi amigo Manué ya se drogaba cuando tú o yo -de la misma edad- empezábamos a perseguir muchachas. Mi amigo Manué ya cantaba y tocaba la guitarra cuando tú y yo -por las mismas fechas- no nos tocábamos otra cosa que no fuera el badajo o la mandolina. Ya mi amigo Manué se ganaba las perras con una mano, mientras nosotros la metíamos debajo del grifo... pretendiendo borrar las huellas de un pecado mortal.

Se me muere, digo, mi amigo Manué. Harto de chutes, harto de hartarse. Lo recordarás, porque has podido verlo en cualquier esquina, en cualquier bar, pidiéndote un euro que la mayoría de las veces le has negado. Tocando unas veces una guitarra con dos cuerdas o acompasándose a la par de los Calis, los Chichos, Manzanita o los Chunguitos... con la sola ayuda de un bote vacío de lejía (cuando vendió o le quitaron la guitarra, qué más da) sobre el que tamborileaba con sus uñas negras.

Se marcha. Te marchas, Manué. Gitano de mi barrio. El que a las puertas del Hospital (la de veces que vamos a un hospital) no me aceptabas una moneda por aparcarme el coche... "porque con la salú no se trafica, padre".

Qué gran maestro. Sin más título que la calle. La puta, puñetera, dura y saboría calle.

Se marcha mi Manué... porque lleva años fumándose a mil cabrones sin boquilla. Porque de cada hermosa palabra, de cada promesa, de cada sueño y de cada hueco palabrerío de listillos gilipollas que hablan por hablar y viven por vivir, de cada uno de ellos sacó las hebras para un nuevo porro. Y así se marcha mi Manué. Con mucho respeto y sin miedo...

Y yo (porque sé que a él ni se le pasaría por la cabeza), aprovecho para cagarme en todos los muertos que le hicieron dar tantos bandazos.

jueves, 6 de junio de 2013

-- Hay días....

     Hay días que uno piensa, que nunca pasa nada.  Lo cantaba mi tocayo Jesús Silva, aunque la letra no fuera de él ni falta que le hacía... que bastaba simplemente su voz para convertir un trueno en una llovizna de abril.
     Hay días que uno piensa, que nunca pasa nada.
     Te levantas sin saber por qué, abrazado a la almohada.
     Hay días en que no se sabe qué duele más, si seguir acostado o saltar de la cama.
     Hay días en que no sabes el precio de un sueño... y ni mucho menos, si te conviene hacerlo efectivo cuando abra el banco por la mañana.
     Hay días que uno piensa, que nunca pasa ni pasará nada.
     A torpes pasos si llegas al baño. Milagro si encuentras la luz a la primera. Te preguntas si sales de un mal o buen sueño... o si de una mala resaca.
     Y lo peor de todo, es no preguntarte siquiera. No preguntarte nada y seguir tanteando la pared, en busca del interruptor.
     Hay días que uno piensa, que nunca pasa nada.
     Un día, sin saber por qué, dejas de afeitarte porque odias ese feo espejo que no te devuelve otra cosa que una fea mirada.
     Si las cejas crecieran como la barba, si a las cejas llegara la barba...
     Si el espejo, ¡por un día!, no reflejara mi mirada...
     Y es que hay días... que parece que no pasa nada.
     Y mientras me visto, te recuerdo: a ti, a ti, a ti...
     Me hiciste, amigo, emborrachar ayer.
     Me hiciste, ¿quién eres?, humillarme, mujer.
     Me hiciste, amiga, ir de tu mano por Granada.
     Hay días, en que parece que no pasa nada...
     Y sin embargo, cabalgan a mis lomos mil fantasmas.
     Y mientras bajo a la calle, mudo, sordo, soñoliento y sin mirada;
     algo que arrastro desde que salí de la cama
     viene a decirme al oído, como un viento del sur:
     que hay días que no pasa nada...
     Si con el día, no vienes Tú.
    
    
    
    
    
    
   

jueves, 16 de mayo de 2013

-- Un año de Bloguero.

Se cumple hoy un año que inicié este blog: "de mil humores".
El de hoy es mi artículo número 100... Una media de un artículo cada tres y pico de días, que es poco más o menos lo que pretendía. Bien.
¿Borradores? ¿Artículos no publicados? Unos 150: porque no les hallaba hueco, porque precisan una corrección, porque no me satisfacían o porque (como un padre con su hijo) no confío demasiado en que aún puedan valerse por sí solos.
Un año, un año hace que inicié el blog. 100 artículos, 129 seguidores, cerca de 2000 comentarios y rozando las 162.000 visitas.
Son solamente números y yo soy de letras.
La satisfacción de escribir, ya la conocía. El Blog, en ese sentido, no me ha aportado nada nuevo. Hubiera seguido escribiendo igual y así lo he seguido haciendo, aunque no haya salido nada a la luz.
Me ha aportado el blog, eso sí, muchas satisfacciones...
Un año de compartir mis escritos, me ha reportado un año de leer muchos escritos de mucha gente. En ese sentido, creo que he salido ganando. Porque si he ofrecido 100 historias, he recibido casi mil. Todo un tesoro.
Y todo un tesoro no es cuanto he leído de otros blogs. Todo un Tesoro, con mayúsculas, es haber conocido y entablado una relación (a veces lejana y a veces demasiado cercana) con la gente a la que he leído, seguido y con la que me he sentido cómplice día tras día, buscándoles o dejándome encontrar.
Un año de blog, a fin de cuentas, es un año de vida. Parece una gilipollez: pero quienes escribimos asiduamente, ya sabemos de sobras que vivimos el doble que el resto de los mortales.
Vivimos como seres vivos y vivimos como Escritores. La diferencia está en que quien no escribe muere un poco cada vez que se va a la cama. Y quienes escribimos, disfrutamos del milagro de la Resurreción cada día... Porque somos dioses delante de una página en blanco.
Me ha dado muchas satisfacciones mi blog. Muchas.
He sido un fabricante de historias. Un fabricante de personajes. Un fabricante de personajes que a mi antojo se han movido... o a su antojo han cobrado vida propia.
¿Cómo explicarlo?
Cómo decirle a quien por aquí se pase, que Escribir es como vivir sin saber lo que es un preservativo. Que las historias son las que te buscan, que los personajes -a las tantas de la noche- te piden que les des una oportunidad. Que los bolígrafos tienen  erecciones a las tres de la madrugada y te hacen saltar de la cama en busca de un trozo de papel o una esquinilla blanca del paquete de tabaco... para que no los olvides...
Un año de blog. Un año ya.
Y releo cada escrito, cada artículo, cada relato, cada poema, cada cuento: y hallo de todo en solamente un año. Odio, ternura, rencor, amistad, indignación, amor, indiferencia, sexo, tristeza, humor, nostalgias, risas, melancolía, besos, añoranzas, ilusiones... Abrazos que no di y abrazos que he dado. Muros de hormigón y mil fantasmas que sin dificultad los atraviesan...
Y todo ello, Soy Yo.
Detrás de todo, este Tadeo Sila inconformista, puñetero, enamoradizo y sonriente siempre.
Un Tadeo Sila que recuerda a cada instante, como Oscar Wilde llegó a decir, que "la Vida se vive, no se escribe..."
Vaya el presente artículo, el número 100, para todo el que me sigue o me ha seguido; el que me lee o me ha leído; el que comentó, el que no quiso comentar e incluso el que con nombre o sin nombre contribuyó con dos insultos a darme tema para un nuevo relato.
Todos, absolutamente todos, sois parte del blog. Ya he dicho alguna vez que un artículo no tiene punto y final hasta que no llega el último comentario.
Gracias, por supuesto, a los más cercanos. Sobran nombres porque sabéis reconoceros en este modesto silencio...
Y nada más.
Disculpas por esta tardanza en escribir que ha ido a la vez unida a la misma tardanza en leeros.
Un año de blog que os dedico.
Y damos comienzo al segundo, ¿o qué os pensáis?
Ni que Oscar Wilde fuera un Oráculo: la Vida, Wilde, se vive y se escribe.
Y cuanto más tiempo callas (porque vives), más temas tienes para escribir.

martes, 5 de febrero de 2013

-- Tics nerviosos de mi niño.

 
-- ¿Ya estamos, Rafa? -suelo empezar, agitando un guante deshilachado delante de sus ojillos.

Y él, mi niño, a veces se defiende, inventa excusas o profiere con toda la caradura del mundo que él no ha sido; y a veces, como hoy, asume la culpa con dos grandes sorbidos nasales.
 
Tiene siete años, a fin de cuentas.

Los guantes le vienen durando entre dos o tres semanas; a la que hace tres, por lo general, los guantes amanecen o vienen del colegio maltrechos, deshilachados en las puntas de los diez dedos por mor de los nervios, de esta ansia maligna que lleva al niño a comer uñas como quien come piñones pelados, sin importarle un huevo que entre su dentadura y su dedo indefenso se halle por medio una porción de lana virgen, cotton inglés cien por cien, o al menos eso refería la etiqueta antes de que el niño también se la comiera... por mor de los nervios. 
 
La psicóloga del colegio, doña Francisca Fuentes, dice que eso no es un gran problema, que eso acaba por pasarse.
 
Para la psicóloga del colegio, tener con siete años incisivos de rata y dedos de labriega es lo más normal del mundo. También debe de estar dentro de la normalidad guiñar los ojos como los guiña mi Rafa, hacerlos girar vertiginosamente en sus cuencas hasta que le dan mareos, morderse la carne interna de los pómulos, los nudillos, los cuellos de las camisas; torcer el labio de abajo hacia un lado y arrugar la cara como un bandoneón: este niño de usted, Julio, es que es muy nervioso...
 
Cuidado con el diagnóstico. Esto me lo dice ella mientras ojea unos apuntes, después de haberle hecho al niño seis test infantiles y tenérmelo dos horas descifrando manchas en una cartulina, después de devolvérmelo con las yemas de los dedos pringocheadas de acuarela: que el niño lo que tiene, que es muy nervioso.

-- Mi niño no tiene uno, ni dos ni tres tics, doña Francisca. Mi niño por sí solo es un grande y desmesurado tic. Que eso termine por pasar, no digo que no. Pero que a mí, esta criatura se me encaja en la pubertad con la cara hecha una castaña; no más que verlo, señora Fuentes, que gasta mi Rafa frunces y compulsiones para dar agujetas a quince caras como la suya.

-- Estas cosas pueden venir de familia, Julio.

La licenciada doña Francisca Fuentes tutea a todo el mundo. Más que una libertad tomada, es un derecho que otorga, a quien la ejerce, la ciencia psicológica y la medicina en general: conocer y trabajar con circuitos humanos convierte al paciente en poco menos que una lavadora, un cuchillo eléctrico o un wolkitolki averiado.

Yo he sido la mar de nervioso toda la vida, mi padre también y a mi abuelo, que en paz descanse y según me cuentan, lo llevaba y lo traía por las rúas de su pueblo un llamativo tic que le ganó para los restos el sobrenombre de: "el caballito leré", porque le impelía y azuzaba a ir siempre como al medio galope jerezano, a darse con el talón del pié izquierdo en la nalga del mismo lado mientras caminaba, una cosa así; que se conoce fuera resabio de los tiempos en que corría delante de mi abuela o detrás del trolebús, vayamos ahora a saber.

-- Botica, doña Francisca, botica o tratamiento.

-- Sólo paciencia, Julio. Estas cosas se pasan. No recriminarle. No prestarle atención a los tics. No provocarle tensiones inútiles. Que coma mucha fruta.

-- Le mojaré los guantes en mermelada, si le parece.

Esto último no se lo digo, pero me quedo con las ganas.
 
(extracto de la novela "La soledad, es cosa de dos" , cuyos  últimos capítulos me tienen estos días un tanto enredado. Por ser fiel a mi blog y porque escribir una novela siempre me absorve de cuanto me rodea, no he querido desligarme ni del uno ni de la otra, por lo que he entresacado este texto de uno de los primeros capítulos y lo he colgado aquí con toda la desfachatez que me proporciona ser el dueño y señor de ambos: del blog y de la novela.
La tendré terminada en un par de semanas y todo volverá a girar según está establecido. "La soledad, es cosa de dos" empezará su andadura por editoriales, certámenes y concursos. Y Jesús Tadeo Sila,  una vez la pierda de vista, volverá a centrar su atención en este blog... que es lo que en verdad le da satisfacciones palpables.
"La soledad, es cosas de dos" , será -es mi décima novela- un nuevo tocho de 300 páginas que cogerá polvo en cualquier rincón de una editorial cualquiera.
Pero es así. Si le diera más vueltas, haría años que no hubiera vuelto a escribir... Y sin embargo, cada vez me gusta más. Y llegar a esa meta que son los capítulos finales de una obra que has creado tú, es el mayor orgasmo que puede tenerse en la vida...
Conque disculpa, mi querido blog "de mil humores", si te he estado poniendo los cuernos durante cinco meses).
 
 

 


martes, 29 de enero de 2013

-- Territorio sin dueño.

Total.

Que nos viene la Inma soltando sartenazos a diestro y siniestro, que no es mujer la Inma que se achante ante nada.

Y nos viene la Inma poniendo a parir a quien se tercie: a quien la toque los bajos o a quien se la presuma o vacile de contra alto. No es mujer, no, la Inma, de medias batutas.  Aquí o hay  Bolero de Ravel o habemos la Novena de Beethoven, lo que le salga a ella de sus reales partituras.
 
Territorio sin Dueño, tiene la japuti la desfachatez de llamar a su blog.
 
Ya hay que ser chula. Porque dueño no tendrá el territorio, pero como te lo tomes al pie de la letra y te descantilles, te endiña la Inma un batutazo que no te reconoce la cara ni la madre que te parió. Porque cortar, se corta menos la Inma que una mayonesa de plastilina. La Inma es al pan pan y al vino vino. Y ojito. Ojito con los pan-pan que dispara la Inma.
 
Cumple la Inma un añito de blog. Cumple Territorio sin dueño (pero cuidado con el perro) un añito de andaduras... Y qué menos, ¿no?, que darle la enhorabuena.
 
No recuerdo cómo leches llegué al blog de Inma... De hecho, no recuerdo ni cómo llegué al mío propio, porque creo que lo inauguré una madrugada de borrachera en que tras dos caídas de camino hacia casa me encontraba psicológicamente bloqueado... Y por un desatino del pulso, mire usted,  quise teclear en Google  "bloqueo y batacazos" y tecleé en su lugar "bloguero en tres pasos..."
 
Pero es otra historia.
 
Sin saber aún cómo arribé al blog de Inma, sí que puedo asegurar que solté anclas en tan sugerente puerto. ¿Por qué? Creo sinceramente que por la misma razón por la que tantos la leemos. Porque es como es. Porque no tiene pelos en la lengua. Porque puedes o no puedes estar de acuerdo con ella (es, precisamente, lo que hace amigos a los amigos) pero no puedes negar el hecho de que no inventa, de que no finge, de que no te  suelta las cosas bordadas de mil rocamboleces académicas. Inma es como es. Te gusta o no te gusta.
 
Territorio sin dueño es como es. Lo lees o no lo lees. Nadie te obliga y nadie te pide que estés de acuerdo... Y el milagro que consigue la japuti de su autora (la Inma) es precisamente éste: que por muy en desacuerdo que estés con cuanto escriba, terminas reconociendo que es una persona legal. No engaña la Inma. No finge la Inma. Dice lo que piensa la Inma y lo dice la Inma sin pretender ser ni mediana ni comedidamente correcta. Si hay que soltar un coño se suelta y si a la polla se le dice polla, ¿pa qué vamos a coger el diccionario de sinónimos y llamarla "apéndice masculino por los arrabales del ombligo"?
 
No veo yo a Inma, en verdad (y no pretendo desanimarla), escribiendo una novela. Si acaso, una autobiografía dentro de 50 años. ¡Y no tendría desperdicio...! Pero Inma no es escritora de novela. Los escritores de novela tienen la capacidad de desconectar del mundo real. Inma no desconecta. Los escritores de novela buscan mundos o los inventan. Inma le saca partido al mundo que pisa. Los escritores de novela crean lo que no hay... Inma se recrea en lo que ya hay y lo que la rodea. Y todavía le sobra.
 
Es un don (para mí, al menos) envidiable. Yo para escribir necesito cerrar los ojos y buscar. Y esta Inma a la que sigo, tiene la virtud de abrir los ojos y elegir: Inma sería y de hecho es, una gran articulista.
 
Conque poco puedo añadir. Si ya conocéis Territorio Sin Dueño, mi enhorabuena: leas lo que leas, no sales con cara de pez globo.
 
Y si no lo conocéis, asomaros. Hay millones de blogs por estos andurriales, pero la mayoría buscan el aplauso, el suscriptor a tiro, el post "a medida" de una talla, el quedar bien con todos...
 
Territorio Sin Dueño cumple un año y hace honor a su nombre: ni se casa con nadie ni mendiga que te cases con él.
 
Lo que hay es lo que hay. Y la Inma es mucha Inma.
 
Felicidades, hermana.


 
 
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-- Blog: "Territorio sin dueño".
 

martes, 22 de enero de 2013

-- Nace una madre.

Ser Madre.

¡Toma ya... !, porque lo escribe un padre.

Todo viene a cuento de un post precioso del blog de Ana Azul titulado:  "Madres".

Pretendiendo, como es de recibo, dejar el pertinente comentario en un artículo que te gusta de un blog al que habitualmente sigues, me doy cuenta de que me voy de largo... O sea. Que del comentario que dejo a la compañera Aniazulada voy y le recorto 200 renglones y me sale el post de hoy.

Es lo bueno que tiene comentar. Que te inspira y al grano.

Habla nuestra amiga Ana de las Madres y quiero yo hablar de las madres.

Se habla de lo hermoso que es ver crecer a un hijo, pero se habla poco de lo hermoso que es ver crecer a una madre...

Y no, no me refiero a esa viejita que a mi edad podemos o no gozar de la suerte de tener aún al lado. No me refiero a ella, no.

En mi caso, me quiero referir a esa otra madre... a la madre de nuestros propios hijos.

A la madre a la que he visto crecer a la par que he visto crecer a mi hijo.

A esa madre que no lo era. A esa adolescente loca (no hallo otro diagnóstico más apropiado) que con veinte y pocos años se enamoró de mí (qué valor).

A esa muchacha a la que un día invité a pasear por Triana. A esa chica de apetitosas redondeces a la que lograba arrancar primero diez y después mil sonrisas...

A esa muchacha que soñaba tanto como yo soñaba. Que un día, sin venir a cuento, me cogió de la mano.

Y que sin venir a cuento un día, me besó o dejó que yo la besara.

A esa muchacha. A esa muchacha que estrenaba ropa para mí y se perfumaba para mí, que pasaba las horas buscándome en el minutero de su reloj... tal como yo las mías pasaba acariciando su foto en un pliegue de mi cartera.

A esa muchacha. A esa muchacha con la que compartí el gran letargo de una adolescencia, hace poco, no hace nada, ¡ni siquiera veinte años!, a esa muchacha a la que una noche pasé el brazo por el hombro... y me lo permitió.

A esa muchacha.

A esa muchacha loca (busco y no hallo valoración psicoanalítica) que compartía todo: que mezclando sus desvelos con mis ilusiones, sus deseos con mis niñerías, sus fuerzas con mis nostalgias o sus ganas de vivir con mis ganas de resistir... conseguía, cada tarde y cada noche y cada madrugada, hacer sin hielo el cóctel que hoy disfrutamos.

A esa muchacha que bebía de mi copa o fumaba de mi cigarrillo.

A esa muchacha a la que hice y me hizo hacer el amor en el Parque de María Luisa, en el portal de una calleja o de un callejón cualquiera, en los Jardines de Murillo, en el asiento de un viejo coche, en un ascensor, en una escalera...

Locos, locos, locos... No hallo más diagnóstico que Amor.

A esa muchacha.

A esa muchacha a la que vi minuto a minuto, hora a hora, día a día y mes tras mes convertirse en madre.

Claro que hablamos del orgullo y la ilusión de ver crecer a un hijo.

Pero como hombre, con igual orgullo e igual ilusión agradezco y no olvido cómo he visto ante mis ojos ver nacer a una Madre.

Esa muchacha que un día me besó o se dejó besar, qué importa.

Esa muchacha que en la cama de un hospital me tendió los brazos:

-- ¡Hemos traido a una niña preciosa...!

Y no. No era solamente eso.

Me quedé con las ganas de decir:

-- Ha venido al mundo una Madre preciosa.
 
Y hoy, ¡gran ingrato!, he recordado que olvidé decírselo.
 
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jueves, 17 de enero de 2013

-- La Soledad y sus muertos.

Mi hermana nació cuando yo tenía ocho años. Y la maté ahogándola en la bañera, una mañana en que mamá bajó unos instantes a comprar el pan y la leche.

Fueron días de mucho ajetreo y mucha llantina vana, y lo único en verdad negativo que hoy recuerdo fue la cantidad de familia y gente desconocida que pasaba por casa a dar los pésames, tomar café y compadecer a mis padres, a cualquier hora, sin avisar, como si la casa fuese suya. ¡Y esos ingratos pellizquillos que me daban en la cara...!

A mi padre lo maté a los quince años, una noche de verano en que se acostó borracho en la terraza. No tuve más que girar la butaca. El suelo, quince metros más abajo, colaboró.

A mi madre, la asesiné tres meses después: ni recuerdo cómo.

Me adoptaron unos tíos por parte de la familia de mi difunto padre. Unos tíos que tenían dos hijos (mis queridos primos) a los que asesiné asfixiándolos con una almohada.

Más tarde y conforme pasaron los años, asesiné a mi primera novia, a mi mejor amigo de la mili (los chopos se disparaban con una puteril facilidad), al casero del ático donde me fui a vivir en soledad...

Maté sucesivamente a mi esposa, a mi gata, a mis hijos, a mi jefe, a mi perro, a dos compañeros de trabajo, a mi suegra, al farmacéutico con quien compartía algún mediodía que otro una cervecita y unas olivas en la tasca de Tomás.

Maté a Tomás, por descontado.

Maté al representante del Círculo de Lectores, que me visitaba cada dos meses.

Por entonces me llevó la inquietud a visitar a una Psiquiatra con la que llegué a acostarme, confesarme, dejarme psicoanalizar y aborrecer, por ese orden. Y a ella, que pretendía a ratos exculparme por legar  a la ciencia las surtidísimas disociaciones y psicopatías y tumoraciones rupestres que ornamentaban las paredes de los rincones más obscuros de mi sesera... a ella la maté también.

De los dos policías que vinieron a casa a arrestarme, maté a uno.

En la cárcel y en espera del juicio, maté al compañero de celda.

Me metieron en un cuartucho negro y en sombras, y maté a las dos ratas que aparecían puntualmente cada mañana por debajo del lavabo.

Hace solamente tres semanas que vuelvo a pisar las calles de mi ciudad.

-- ¡Es un asesino! -clamó la ventisca popular.

-- ¡Es un pobre enfermo mental! -arguyó mi abogado defensor, blandiendo en la mano media docena de jeroglíficos psicotécnicos y ocho cartulinas con el test de Rorschach.

-- "A Juicio -proclamaron los periódicos- el autor confeso de más de cien asesinatos".

Pero el Juez, hombre eminentemente sabio y comprensivo, emitió su veredicto tras sumergirse horas y horas en mi amplio historial, que comenzó a los ocho años con el nacimiento de mi hermana:

-- Es un hombre tímido y solitario -argumentó-. Y no se puede condenar a nadie por ser tímido y amar la Soledad -mazazo sobre la mesa- ¡Siguiente caso!

Y aquí me encuentro. En casa. Fumando apaciblemente...

Mirando la lista de suscriptores a mi blog y pensando que voy a tener que seguir luchando duro por lo que siempre he querido: nadie a mi vera y Soledad.

Maldita timidez.

Puedes leer:
 

jueves, 10 de enero de 2013

-- El Gran Regalo.


Adios, queridos Reyes Magos...


 
Gracias por la colonia, por los calcetines, por el reloj, por los caramelos y por la crema de afeitar y el bote de gel del Máximo Dutti.
 
Pero gracias, un año más, por admitirme en Vuestro Selecto Círculo.
 
Gracias por darme la oportunidad, un año más, de ser Rey...  como vosotros.
 
El Rey de Mi hija.
 
El que a las tres de la mañana y en compañía de su madre, despierta lelo, comatoso y amodorrado; tropieza con su propia sombra, choca a oscuras con el pomo de una puerta, infla globos hasta que los ojos le giran en las órbitas, llena de caramelos unos zapatos y coloca regalos por el salón, en el suelo, en el sofá, en la mesilla... unos envueltos, otros fuera de sus cajas...
 
Gracias por esos colores que bañan las mejillas de mi niña, cuando con la delicadeza que la caracteriza salta la mañana del seis de enero a eso de las siete sobre la cama de sus padres, gritando:
 
- ¡Que han  venido lo Reyes! ¡Que han venido los Reyes...! ¡Al salóóón...!
 
Gracias por esa sonrisa perpleja que la hacen guiñar los ojos, cuando atisban con las primeras claridades del día lo que Sus Majestades han dejado este año. 
 
Gracias por esas manos con las palmas abiertas y trémulas, que tiemblan como alas indecisas sin saber muy bien dónde posarse... 
 
Gracias por ver cada año esos ojillos lagañosos, esa boca abierta, esa respiración entrecortada, esas manos ávidas y esos bocaditos anhelantes que se da en el labio de abajo, saltando de un paquete a otro... Abriéndolos a medias y buscando ya el siguiente, mientras sin desayunar pregunta si puede comerse un caramelo...
 
Gracias, queridos Reyes Magos.
 
Gracias un año más...
 
Por recordarme e impedirme olvidar que el mayor regalo que me dísteis una vez fué hacerme Padre.
 
Gracias y hasta pronto.




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sábado, 5 de enero de 2013

-- Okupas en un blog.

     Dos palabras tan dispares como multiplicarse y dividirse, son las que definen a quien escribe con más o menos asiduidad... llamémosle Escritor: publique o no, sea famoso o no, viva de ello o no. Escriba bien, escriba mal o escriba medianamente bien o medianamente mal.
    
     Quien cumple con el solo precepto de escribir de higos a brevas, es Escritor.
    
     Y el escritor se divide en mil personajes o se multiplica en mil personajes. Es lo mismo. Escribir es inventar. Inventar es dejar vivir en paz a los okupas de tu fantasía.

-- No está mal. ¿Y las autobiografías?
    
     Peor. O mejor. Cuanto más se escribe sobre uno mismo, más se inventa. Y al revés: cuanto más personajes inventas, más te delatas a ti mismo.

-- ¿Por dónde vas hoy, Tadeo Sila?
    
     Ya ves: ni siquiera son mis apellidos. O sea, que hasta el autor de un blog que inventa un personaje acorde al artículo que quiere escribir... es un autor a su vez inventado.

-- ¿Y eso cómo se come?
    
     Eso no se come. Se lee. Jesús Tadeo Sila, no existe. Jesús Tadeo Sila es un personaje que Yo he creado para que a su vez firme cuanto yo le digo que escriba.

-- ¿Has estado con el champán hasta hoy? Estamos a cinco, te lo advierto.

      Para nada.
    
     Pero mira, ocurre que a veces quien te lee se pierde. Puedes escribir desde cualquier ángulo, desde cualquier perspectiva, exactamente igual que si haces una foto o realizas un dibujo. Tan válido es decir "él la besó" como "ellos se besaron" ó "ella lo besó" ó "yo la besé". ¿Qué tienes? Lo mismo: dos personas y un beso.
    
     Sin embargo, los que solemos escribir utilizando la primera persona del singular parece que estamos más expuestos a parchear la diana de quien nos lee.

     De casi un ciento de artículos que en este blog llevo escritos, la mayoría los he redactado en primera persona. ¿Por qué? Eso no viene a cuento. Eso es el artículo, la historia o el relato el que te lo va pidiendo... Empiezas sin nada concreto, pero al cuarto o quinto párrafo algo te dice que no es la manera, que así no marcha la cosa, que así no sale. Y empiezas de nuevo "enfocando" desde un punto distinto, como quien gradúa  el objetivo de una cámara para tomarle la distancia exacta o el contraste idóneo a la fotografía que quiere hacer.
    
     O empiezas con un "tema serio" (¿hay alguno que no lo sea?) y al final lo que parecía tragedia remata en comedia... O al revés. Empiezas con...

-- Al grano, Tadeo: al grano.
    
     Al grano vamos.
    
     Si en Libros con Polvo alguien se encuentra una carta en un libro de segunda mano, ese libro y esa carta y ese alguien ... no he sido yo.

     Si en El Coloso un niño recuerda a su padre, ese niño no soy ni he sido yo.

     Si en Justicia ando ganduleando entre rejas... tampoco. Tampoco soy yo.

     Y si en Amanecer, como un extraño en casa, un hombre acaba de perder el trabajo...

     Y si en Ella siempre, un sueño erótico coge de la mano a la conciencia... y la saca a bailar...
   
     O si un Rodríguez deja una carta a su santa esposa... No soy yo.
   
     Ni los Extractos de mi Diario Íntimo me pertenecen.

      Ni La Muñeca más turbadora del mundo me poseyó, una tarde de adolescencia.

-- ¿Pero estás cabreado?

     Para nada.
   
     Estoy sencillamente orgulloso.
   
     Porque una de dos: o quien me lee me cree o cuanto escribo parece creíble.
   
     Y en un caso u otro, es para sentirse satisfecho.

-- ¿Orgulloso de engañar a la gente?
   
     Por supuesto. Satisfecho de que no lleguen a saber nunca cuándo escribe Tadeo o cuándo escribe Sila o cuándo escribe Jesús.

-- Pronomen, nomen y cognomen. O sea, tres en uno.
   
     Exactamente. Pregúntale a Dessjuest. O uno en veinte.

-- ¿Y esto quién lo escribe, entonces?
   
     Jaja. Esto es una respuesta personalizada a los comentarios que me llegan por correo electrónico y a los que, por falta de tiempo, no puedo contestar de uno en uno, como hago con los que me dejan directamente en el blog.
   
     Y de esos comentarios entre sombras, que no ven aquí la luz, son muchos los que me etiquetan dependiendo del relato que les haya caido en gracia leer.
   
     Y no es así. Para nada. Ni santo ni diablo. Son los okupas de mi blog quienes se hacen protagonistas merecidos de cada historia.
   
     A veces, mi personaje me permite escribir a mí. Pero son las menos. La mayor parte del contenido de este blog, pertenece a ese desdoblado o multiplicado personajillo que responde al nombre de